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Blogs que sigo

Agustín Delgado Santana

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Mar en calma…

Sobre apacible mar de azul paleta,
en que el dorado Ra, feliz, tremola,
a impulsos de una brisa, algo veleta
surca con parsimonia una goleta,
dejando tras su paso suave ola.

Con ligeros ronquidos, el piloto
duerme asido al timón de roja tea.
Junto al palo mayor, con firme voto,
el grumete, remienda un foque  roto,
y quita de  su faz  la  negra brea.

 

Por más que lo enmascara el alquitrán,
se  apercibe  el rubor en su mejilla
cuando ve aproximarse al capitán
con modales de fiero leviatán
que quisiera pasarlo por la quilla.

En cuanto  llega a él le dice, airado,
¡te llevaste   un arenque del barril…!
El muchacho, con rostro acong
asevera no ser quien lo ha robado;
mas el viejo patrón,  pugna cerril…

Ignoran que el ladrón fue gavia experta,
que se posó en un palo de la nave
y escudriñó, avispada, la cubierta.
Al ver que  la barrica estaba abierta,
¡muy pronto fueron uno, arenque y ave!

 

Está en calma la mar; la brisa lenta…
Un pececillo, a lomos de una ola
saca la testa al sol, que la calienta.
Ajeno al negro sino a que se enfrenta,
el agua agita con su exigua cola.

 

La gaviota, en lo alto, otea con celo…
Al ver brillos de plata, urde la trama…
Desgarra el zarco mar , cual escalpelo
y torna con su presa al claro cielo…
Tras si deja al grumete, con su drama… 

Fotografía tomada de Internet

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Cambalache…

En nuestra cita no hubo cambalache,         

 pero si desigual  contrapartida… 

Yo te di un  tosco amor; tú -sin  medida-,     

 donaste un querer de seda azache; 

 

mas, el dulzor de tu mirar guirlache   

en febril convirtió mi  fe aterida ,         

al posar en mis ojos la encendida       

  calidez  de tus gemas azabache.

 

Es que tus ojos de negror sidéreo

tienen, cuando me miran, la tersura           

y la armonía de un paisaje etéreo,

 

porque sus iris de sin par dulzura            

son oxidianas cuyo brillo céreo     

proyecta en mis pupilas su negrura.

 

 
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Tus azules ojos…

 

Son tus ojos dos índigos fanales…   

Dos trozos de azulada  turmalina           

con reflejos color aguamarina,   

dignos de orlar coronas imperiales.

 

Son tus ojos dos zarcos ventanales…   

Dos joyas que reflejan azulina   

 la luz que emite el sol, cuando avecina 

sus rayos a esos límpidos vitrales.

 

Tus ojos, cuyo tono imita el cielo,   

son azures vestigios de un  suspiro       

que el omnisciente Dios situó en  el suelo.

 

Verifico, mujer, cuando los miro, 

que tienen la turquesa tez del hielo     

y los bellos fulgores de un  zafiro.

 
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Tus verdes ojos…

 

 

Cuando tus ojos puros , cristalinos…,  

 en  los míos, amor, buscan amparo,

esos ojos- de un tono verde claro,-                 

se vuelven  zalameros y mohínos.

 

Mas, si adquieren  fulgores olivinos   

y en mis ojos se posan, con descaro,     

mi pobre corazón  es cual ignaro           

cervatillo a merced de dos felinos.

 

Mientras esos fragmentos de esmeralda 

me contemplen  de frente…,  su belleza     

me llenará de paz y de  alegría; 

 

pero  si alguna vez me dan la  espalda,     

mi firme y numantina fortaleza   

derruirá la gris melancolía.

 

                            
Agustín  Delgado Santana, Gran Canaria.

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